martes, 6 de septiembre de 2011


Comer, rezar, amar
Comer en Italia.
Sentí un chispazo de felicidad cuando empecé a estudiar italiano y, si, después de pasar por una época tan tenebrosa ves que queda un atisbo de felicidad en tu interior, no te queda más remedio que agarrar esa felicidad de los tobillos y no soltarla aunque acabes con la cara entera manchada de barro. No lo haces por egoísmo, sino por obligación. Te han dado la vida y tienes la obligación (y el derecho, como ser humano que eres) de hallar la belleza de la vida por mínima que sea.
Llegué a Italia consumida y enclenque. Entonces no sabía lo que me merecía. Puede que aún no sepa bien lo que me merezco. Pero sí sé que en los últimos tiempos me he reconstruido a mí misma -disfrutando de placeres inofensivos- y que hoy soy una persona mucho más pura. Para explicarlo, lo más sencillo y entendible es decir: He engordado. Ahora existo más que hace cuatro meses. Me voy de Italia mucho más expandida que cuando vine. Y me voy con la esperanza de que esa expansión de una persona - esa magnificación de una vida- sea un acto meritorio en este mundo. Pese a que esa vida, por primera vez y sin que sirva de precedente, no le pertenece a nadie más que a mí.”
-Elizabeth Gilbert

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